No estaba feliz de estar embarazada, y también estaba bien: cuando la vida cambia antes de que estés lista

Hay experiencias que llegan a nuestra vida y, aunque sabemos que pueden transformarlo todo, nunca imaginamos lo que realmente significa vivirlas.
A veces pensamos que, cuando llegue ese momento, vamos a sentir emoción, felicidad, ilusión y que todo va a tener sentido casi inmediatamente. Pero ¿qué pasa cuando la vida te da una noticia que, en lugar de hacerte saltar de alegría, te hace sentir miedo, enojo, incertidumbre y hasta ganas de salir corriendo?
Eso fue lo que me pasó cuando descubrí que estaba embarazada.
Y creo que pocas veces hablamos de esa parte de la maternidad: de cuando no estás emocionada, de cuando no sabes cómo sentirte, de cuando quieres a tu bebé, pero todavía no sabes cómo acomodar su llegada dentro de tu propia vida.
Esta es mi historia. No es una historia sobre cómo aprendí a amar a mi bebé, porque nunca se trató de eso. Es una historia sobre cómo aprendí a aceptar que mi vida estaba cambiando y que yo también necesitaba tiempo para hacerlo.
¿Qué le voy a decir a mi mamá?
Me enteré de mi embarazo cuando apenas tenía un mes. Recuerdo que lo primero que pensé no fue en nombres, cunas o en cómo sería mi bebé. Mi primer pensamiento fue: «¿Qué le voy a decir a mis papás?».
Y, más específicamente, a mi mamá.
Para entender por qué, tengo que hablar un poquito de mi historia familiar.
En mi familia, la maternidad nunca se había presentado como algo particularmente bonito. Mi abuelita siempre expresó abiertamente que tener hijos había sido un sufrimiento para ella, que no los quería y que la maternidad había representado una carga en su vida.
Mi mamá rompió un poco con esa historia. Ella deseaba mucho tener hijos, nos quiso y nos deseó, a mi hermano y a mí. Sin embargo, con el paso del tiempo, su propia percepción del mundo también ha cambiado.
Entre las guerras, la situación ambiental, los alimentos, las condiciones sociales y todo lo que ocurre actualmente, ha desarrollado una visión bastante pesimista sobre traer niños a este mundo. Desde su perspectiva, tener hijos en las condiciones actuales puede significar exponerlos a una vida cada vez más complicada.
Así que, de alguna manera, yo ya anticipaba que mi noticia no sería recibida con la emoción que normalmente imaginamos cuando compartimos un embarazo.
Pero había algo más: yo misma no sabía cómo recibirla.
A pesar de estar casada, de tener una relación estable y de haber construido una vida con mi esposo, sentía algo muy extraño, como si estuviera teniendo un embarazo adolescente, como si estuviera haciendo algo prohibido, como si hubiera cometido un error.
Y eso me hizo darme cuenta de algo: a veces no solamente heredamos las historias de nuestra familia, también heredamos las emociones, los miedos y las ideas que se construyeron alrededor de ellas.
Yo nunca había querido estar embarazada
Desde pequeña tuve muchísimo miedo al embarazo, pero sobre todo al parto.
El dolor, los cambios físicos, la pérdida de control sobre mi propio cuerpo... eran cosas que me producían tanto rechazo que durante muchos años dije que no quería tener hijos.
Y aunque con el tiempo mi perspectiva cambió, nunca desapareció del todo ese miedo.
Por eso, cuando me enteré de que estaba embarazada, sentí que todas esas cosas que había intentado mantener lejos de mí de pronto estaban sucediendo.
No tuve ese instante de felicidad absoluta que tantas veces vemos en las películas o en las redes sociales.
Tuve miedo. Mucho miedo.
Y después llegaron los comentarios, las expectativas y todas esas frases que, aunque probablemente tenían buenas intenciones, me hicieron sentir todavía más abrumada.
«Ahora tu vida va a girar alrededor de tu bebé».
«Ya no vas a poder hacer lo mismo».
«Ahora todo va a ser diferente».
Y sí, probablemente todo iba a ser diferente, pero lo que yo escuchaba detrás de esas palabras era otra cosa:
¿Y yo qué?
¿Dónde quedo yo en todo esto?
¿Voy a dejar de existir como persona para convertirme únicamente en mamá?
Me aterraba pensar que mi identidad, mis proyectos, mis intereses, mis sueños y todas las cosas que todavía quería descubrir sobre mí iban a quedar en segundo plano.
Y no era que no quisiera a mi bebé. Era que todavía estaba aprendiendo a querer y construir mi propia vida.
Sentía que estaba perdiendo mi vida justo cuando empezaba a encontrarla
Había algo que hacía todo todavía más complicado.
Apenas había comenzado un negocio. Estaba intentando descubrir mi camino, entender quién era, qué quería hacer con mi vida y hacia dónde quería dirigir mis proyectos.
Sentía que, por primera vez en mucho tiempo, estaba empezando a encontrar respuestas.
Y entonces llegó el embarazo.
Los malestares fueron terribles. Durante los primeros cinco meses viví entre vómitos, dolores de cabeza, molestias estomacales, cansancio y días en los que simplemente no tenía ganas de hacer absolutamente nada.
El negocio que acababa de abrir terminó cerrando porque físicamente no podía atenderlo.
Mi rutina desapareció. Mis planes cambiaron. Mi energía no era la misma.
Y mientras intentaba adaptarme a todo eso, también estaba lidiando con una carga emocional enorme.
Me molestaba mi esposo. Me parecía injusto que él pudiera continuar con su vida mientras yo tenía que experimentar todos los cambios físicos, los dolores, las náuseas y las limitaciones.
Él también estaba viviendo la noticia, por supuesto, pero no desde mi cuerpo.
Y creo que una de las partes más difíciles de la maternidad durante el embarazo es precisamente esa sensación de estar atravesando una experiencia que, aunque involucra a otras personas, sucede dentro de ti y sobre ti.
Yo estaba enojada con mi situación, con mi cuerpo, con el mundo y, sobre todo, conmigo misma.
Intenté encontrar respuestas de muchas maneras: acudí a terapia psicológica, hice registros de mis emociones, busqué alternativas en la medicina tradicional y holística y exploré distintas formas de sentirme mejor.
Pero seguía sintiéndome igual.
No quería aceptar lo que estaba pasando. Me resistía a una realidad que ya había comenzado, pero que emocionalmente todavía no estaba preparada para vivir.
El día que entendí que no estaba enojada con mi embarazo, sino con el cambio
Conforme avanzaba el embarazo, algo comenzó a cambiar.
Cuando compartimos la noticia, las personas que más me preocupaban, especialmente las mujeres de mi familia, no reaccionaron de la manera que yo hubiera deseado. Hubo comentarios y actitudes que alimentaron mis propios miedos.
Con el tiempo, las reacciones fueron volviéndose más positivas, pero yo seguía cargando con todas esas emociones.
Hasta que un día mi mamá hizo un comentario que, de alguna manera, me permitió ver todo desde otra perspectiva.
Me hizo entender que el embarazo también era un proceso natural de la vida. Una etapa más. Como cuando pasas de un año escolar a otro, cuando creces, cuando tu cuerpo cambia, cuando terminas una etapa y comienzas otra.
Y entonces algo hizo clic en mi cabeza.
Me di cuenta de que estaba enojada porque no quería cambiar.
No quería que mi vida fuera diferente. No quería tener que reorganizar mis prioridades, mis planes y mi identidad. Quería seguir siendo la persona que era antes de enterarme de mi embarazo.
Pero ¿acaso no nos pasa eso con muchísimas otras experiencias de la vida?
Cuando dejamos la infancia y llega la adolescencia, nuestro cuerpo cambia sin pedirnos permiso. Aparecen nuevas responsabilidades, nuevas emociones y nuevas formas de relacionarnos con el mundo.
Cuando terminamos la escuela, cuando comenzamos a trabajar, cuando nos casamos, cuando nos mudamos o cuando decidimos tomar un camino diferente, también dejamos atrás una versión de nosotros mismos.
Y aunque muchas veces deseamos esos cambios, eso no significa que siempre estemos preparados para experimentarlos.
¿Por qué entonces esperaba que la maternidad fuera diferente?
¿Por qué me exigía recibir una transformación tan grande con una sonrisa, cuando ni siquiera me había dado la oportunidad de procesarla?
Ahí entendí que quizá no necesitaba obligarme a estar feliz. Necesitaba permitirme estar ahí, en ese momento de mi vida, con todas las emociones que estaban apareciendo.
No tenía que sentirme culpable por no estar feliz
Creo que esta fue una de las cosas más importantes que aprendí.
Me sentía muy culpable por estar enojada, por no estar emocionada y por no vivir mi embarazo como supuestamente debía vivirlo.
Llegué a preocuparme por si mis emociones podían afectar a mi bebé. Pensaba que tenía que estar feliz, tranquila y agradecida todo el tiempo, como si cualquier emoción negativa fuera una especie de falla de mi parte.
Pero empecé a entender que una emoción no es una decisión y que sentir algo no significa que quieras quedarte ahí para siempre.
Puedo tener miedo y aun así amar.
Puedo sentirme abrumada y aun así estar agradecida.
Puedo extrañar mi vida anterior y tener ilusión por conocer la que viene.
Puedo querer a mi bebé y también querer tiempo para mí.
No son sentimientos que se cancelen entre sí. Pueden existir al mismo tiempo.
Y algo que me ayudó mucho fue dejar de interpretar mis emociones como algo que tenía que corregir inmediatamente.
En lugar de preguntarme «¿por qué no estoy feliz?», comencé a preguntarme «¿qué está pasando dentro de mí?, ¿qué estoy necesitando?, ¿qué parte de este cambio me está costando tanto aceptar?».
Esa pequeña diferencia cambió mi manera de vivir el proceso.
Desde mi perspectiva espiritual, también comencé a mirar esta experiencia como una oportunidad de crecimiento. Me gusta pensar que nuestras experiencias forman parte de un camino de evolución del alma y que incluso aquello que nos confronta puede enseñarnos algo sobre nosotros mismos.
No significa que tengamos que romantizar el sufrimiento ni encontrar una enseñanza en cada momento difícil. Significa que podemos permitirnos vivir una experiencia sin juzgarnos por la manera en la que estamos reaccionando ante ella.
Cuando dejé de pelearme con el proceso, algo comenzó a cambiar
Con el tiempo, mis emociones comenzaron a acomodarse.
Empecé a sentirme más tranquila, más abierta y más emocionada por algunas de las cosas que antes me abrumaban.
También comencé a sentirme mejor físicamente. Los malestares fueron disminuyendo y pude recuperar poco a poco parte de mi energía.
El embarazo tiene sus propios procesos fisiológicos, hormonales y físicos. Pero sí puedo decir que dejar de vivir en una lucha constante conmigo misma hizo que mi experiencia cotidiana fuera mucho más llevadera.
Y eso me hizo reflexionar sobre la relación que existe entre nuestro cuerpo y nuestras emociones.
A veces estamos tan ocupadas intentando resolver lo que sucede afuera que olvidamos preguntarnos qué está pasando dentro de nosotras.
Nuestro bienestar emocional importa. No porque tengamos que estar felices para que todo salga bien, sino porque merecemos vivir nuestras experiencias sintiéndonos acompañadas, escuchadas y cuidadas.
Hoy sigo teniendo miedo. Todavía hay situaciones que me abruman, cosas que no me encantan y preguntas para las que no tengo respuesta.
Pero ya no siento que tenga que resolverlo todo ahora.
Estoy aprendiendo a ir paso a paso, a disfrutar las pequeñas cosas y a permitirme descubrir esta nueva versión de mí sin sentir que tengo que abandonar a la anterior.
Porque quizá la maternidad no tiene que significar dejar de ser quien eres. Quizá también puede ser una oportunidad para descubrir quién más puedes llegar a ser.
Si estás viviendo algo parecido, quiero decirte algo
Si estás embarazada y no estás experimentando esa felicidad inmensa que todo el mundo parece esperar de ti, quiero que sepas que no estás sola.
Si te asusta el parto, si extrañas tu vida anterior, si te preocupa perder tu independencia, si te molesta que todo el mundo hable del bebé y parezca olvidarse de ti, si todavía no sabes cómo sentirte o incluso si hay días en los que desearías que nada hubiera cambiado, tus emociones merecen un espacio.
No tienes que demostrar que eres una buena mamá estando feliz todo el tiempo.
No tienes que sentirte culpable por necesitar tiempo.
Y tampoco tienes que apresurarte a encontrar una versión bonita de todo lo que estás viviendo.
Cada persona tiene su propio proceso. Habrá quienes reciban la noticia con una emoción inmensa y quienes necesiten tiempo para acomodarla dentro de su realidad. Ninguna experiencia tiene que parecerse a la de los demás.
Y si hoy todavía no encuentras esas palabras que te den paz, no pasa nada. Busca compañía, habla de lo que estás sintiendo y permítete recibir ayuda cuando la necesites.
No todo se resuelve con una reflexión espiritual, y pedir apoyo psicológico o médico también puede ser una forma de cuidarte.
Hoy quiero quedarme con una idea que me habría gustado escuchar cuando descubrí mi embarazo:
No tienes que estar feliz con todos los cambios para permitirte vivirlos. No tienes que dejar de ser tú para convertirte en mamá. Y no tienes que tener todo resuelto para estar exactamente donde necesitas estar en este momento.
A veces la vida no nos pide que tengamos todas las respuestas. Solamente nos invita a dar el siguiente paso.
Y quizá de eso se trata también crecer: de aprender a recibir las nuevas etapas sin exigirnos saber desde el primer día cómo vivirlas.
Con amor, paciencia y mucho respeto por nuestros propios tiempos.
Porque antes de ser mamá, sigues siendo tú. Y esa mujer también merece ser cuidada.

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